Abre el cajón que cuyo contenido ya conoce y una vez más, busca dentro. Otra vez, queda atrapado dentro de la fotografía. Cómodo en su irremediable inmovilidad, mira a la única persona dentro de ella. A la única persona dentro suyo. Todos los años, cada vez que queda atrapado, se deprime. No por nostalgia. Ni por ansias de volver a verla. Sufre porque no puede dejarla ir. Porque no se anima a destruir esa imagen lejana de un amor que creyó verdadero. No se anima a aceptar que terminó, que nunca fue.
Recuerda. Recuerda cuando la vio por primera vez. Cuando la conoció. Desenfoca el papel con cada lágrima, con cada uno de los besos que supo regalar. Recuerda como la deseó, como consiguió tenerla. Recuerda el como; desearía el porqué. Desearía saber porque cada uno de los besos que supo regalar fueron de repente insípidos. Desteñidos, descoloridos. Asquerosamente pálidos. Sufre; no conoce el único porqué que necesita.
Sólo por eso guarda el papel. Desea, quiere, necesita saber el porqué. Piensa que tal vez, esta supuesta última vez podrá adivinar su mirada. Paredes blindadas de tonos celestes con tintes verdes no se lo permiten. Nunca cambiarán.
Cada año, en el aniversario de su perdida, abre el cajón. Cuidadosamente, saca una fotografía. La mira fijo, esperando una respuesta. No la obtiene; sólo se ve reflejado en el espejo dentro del papel: cada vez más viejo, cada vez más lejos. Cada año, en el aniversario de su perdida, mira una fotografía cada vez más subexpuesta. Marrón.
Cierra el cajón que contiene el papel húmedo en el que quedó atrapado, sabiendo que volverá el año próximo.