Su universo es un simple jardín. Sus días son eternamente lentos, tanto que nada parece alterar su constancia natural. Allí lo tiene todo: alimento, refugio; incluso una vista privilegiada al arrastrarse despreocupada. Creyéndose madura.
Pero cambia. Endurece, se recubre a si misma. Inmóvil, envuelta en su sabana de seda, espera. Solitariamente lentos, los días necesarios pasan. Emerge majestuosa: tintes naranjas, casi azules adornan sus nuevos accesorios. Torpe, obstaculizada por la nada, vuela divertida. Se aleja, segura que su jardín es sólo una ínfima porción del mundo que puede conocer. Creyéndose segura.
Pero cae presa. Endurecida y recubierta; inmóvil, agoniza. Espera, Envuelta en su mortaja de seda hecha a medida, espera. Dolorosamente lentos, espera que pasen los días necesarios. Sabiéndose muerta.
Nada altera el curso natural.