Intentos literarios
 
Claustrofobia

Me percaté del problema inmediatamente después de abrir los ojos. En lugar del viejo techo rajado que solía instigar, apareció un desgastado marrón. Un marrón ajeno. Sonidos inconstantes y movimientos continuos supieron aclararme aún más la situación: no sólo había despertado paralelo a un techo impropio, lo había hecho en uno de los viejos camarotes de un tren. Bastante derruido. En su momento no me importó: me encantan los trenes, tienen una mística diferente a otros medios de transporte. De chico los veía como bestias de aleación, obligadas, domadas por vías de acero. Ahora también. Pero este es diferente. El olor a oxido, los ruidos chirriantes; parece triste.

No se porqué ni como llegue aquí. No lo entiendo. Apenas ayer pensaba tener la vida resuelta: hogar, mujer, hija. Perro. Me acosté como todos los días, del lado izquierdo, con unas pocas preocupaciones del derecho. Nunca me hubiera imaginado que iba a despertar en una cama ajena. En un cuarto ajeno.

Despierto y calmo, se que debo averiguar el motivo de mi estadía en el lugar. Más importante: cual es el destino final de la bestia de metal que me devoró mientras dormía. Perpendicular, intento salir del reducido cuarto. Giro, empujo, pateo, golpeo, grito. La puerta no cede. Odio. Estoy atrapado, solo, en un tren cuya última parada desconozco. Comienzo a desesperar.

Miro por la ventana, esperando encontrar vistas conocidas. Ni una. Sólo otros marrones, verdes, algunos blancos. Nada que pueda reconocer. Sólo gigantes de metal, apurados, preocupados. Cientos de ellos, corriendo en línea, cruzándose. Tirando de las mismas cuerdas. No me ayudan. Nada de lo que veo afuera puede hacerlo.

Lo único que puedo hacer es esperar. Ya no me importa como llegue hasta este horrible lugar; ni siquiera me interesa porqué estoy aquí. Sólo quiero llegar al inevitable destino que me espera en la última estación. ¿Dónde será? ¿Un pueblo pintoresco, invadido de árboles florecidos? ¿En el medio de la nada? Me invade la angustia. ¿Si nunca termina? Tal vez estoy condenado a pasar el resto de mis días encerrado en un cuarto ajeno. Cada vez más lejos, más solo. Más muerto. En ningún lado. Desespero.

Me acomodo otra vez paralelo al techo, intentando calmarme, acostumbrarme. Resignarme. El marrón parece extenderse hasta las paredes de la habitación. Tengo que escapar, tengo que salir de aquí. Avanza, cubre el piso y el único espejo que sabia volverme a la realidad. Sube por las patas de la destartalada cama ajena, las desgasta, las pinta. Cuando me alcance me pondré viejo, desgastado. Derruido. Quedaré inmóvil, vacío, mirando un techo que ya no lo es. Moriré. No puedo permitirlo. No puedo morir, aún no se donde termina esta horrible maquina. Tampoco si soy el único. Si otros despertaron como yo, solos, encerrados, del otro lado de la pared. Si existen camarotes con techos de otros colores, de otros tonos. Rojísimos. Azules, verdes, violetas.

Me levanto sobresaltado; no puedo dejar que el castaño me cubra. Estoy harto. ¿Por qué no puedo escapar? ¡Explíquenme! ¿Qué hago aquí? ¿Dónde termina? ¿Qué quieren de mí? ¡Sáquenme de aquí! ¡Ya basta! Desfallezco. Siento que el marrón me atrapa. El cuarto me traga. Abro los ojos. El techo parece caer sobre mí. Los cierro. No puedo respirar. Lloro. La noche me abriga. Exhausto, duermo. Sueño. Recostado en el campo, atrapado por verdes. Sin techos ni paredes agobiantes. Sólo un cielo al que estar paralelo. Blancos esporádicos. Dura poco.

Despierto, sabiendo que al fin terminará. El cuarto se ilumina, el marrón retrocede, la puerta que se negó a obedecer ahora se queja al pisar el cuarto ajeno. Encandilado, dolorido, reconozco una voz familiar.

— Ya llegamos, Papá. ¿Dormiste bien?

 
Comments:
Hola, Agustín

El título es perfecto; se descubre esta perfección recién al ingresar al final de la historia. El primer párrafo lleva a pensar que el protagonista se encuentra, por un acto fantástico, en un tren casi fantasmal. No lo dice, claro está. Lleva a pensar.
Leves toques de ironía (“con algunas preocupaciones del lado derecho”) y mucha angustia, una angustia claustrofóbica que trasciende a las líneas.
El color marrón devorándose todo, un acierto excelente. Sobre todo porque el verde subsiguiente es la señal que nos lleva a pensar que sí, que está soñando simplemente.
Saludos
Sandy
 




<< Home

Agustín Capeletto
minotopo@msn.com

Índice

Claustrofobia


Creative Commons License