Intentos literarios
 
Foto velada

Tranquilo, pequeño, como era, solía observar los objetos desde un ángulo diferente al de mis conocidos. Ni noventa ni ciento ochenta, treinta y siete. ¿Por qué un ángulo agudo e insignificante? Como voy a saberlo, era sólo un niño. Desde allí, un árbol no era un árbol. Al observarlo desde mi ángulo privado, tronco, hojas y raíces sucumbían ante la metamorfosis que mis ojos les obligaban a realizar. Nada demasiado drástico. De tronco trozos, de ramas ranas, de raíces risas. ¿Hojas? Ya eran hojas. Con el tiempo me di cuenta que no todos observaban treinta y siete. Me sentí especial, único. Me encantó. Aún hoy me reconforta saber que no soy parte de los demás. Horrible termino, demás. De más. No gracias.

Me encanta la fotografía, no las fotos. Suena extraño, lo sé, lo reconozco. No es mi culpa: ninguna cámara fotográfica soporta mi ángulo privado. Fallan, no capturan el momento en que los objetos dejan de ser. Son inútiles. Y caras, por lo visto. ¿La solución? extremadamente cómoda y fácil de descubrir. Sucedió así: un día, observando trozos, giré la vista. Cerca, en el banco mejor ubicado, una pareja gritaba palabras. De esas que no pueden retractarse. Decidí intentarlo, ¿Por qué no? Acomodé mi lente, ajusté el ángulo y click, pestañeé. Fue increíble. No esperaba semejante cambio: ella lloraba, desconsolada, intentando recuperar al que ahora reía despreocupado. Me cercioré con otra pareja. Reían, besaban, amaban. En apariencia. Repetí el proceso: acomodé, ajusté, click, pestañeé. Me costó creerlo: insultaban, golpeaban, odiaban. En realidad. Al sentarme, abrumado, agitado, me di cuenta: desde el ángulo adecuado, con el lente correcto, las personas se dejan ver desnudas, reales. Desde ese día en adelante, supe que no necesito cámaras. Basta con mirar el objeto deseado desde el ángulo indicado, pestañear, y listo. La verdadera imagen no escapa a mi lente. Click.

Rollo tras rollo, capturo todo lo que mi teleobjetivo privado me permite. Paso semanas en el mismo lugar, investigando reacciones, desenmascarando personas. Sonrisas que no son, amores que tampoco. Arrogancias abundantes, autoestimas inexistentes. Cuanto esconden los demás, pienso. Día tras día, de tres a siete, descubro tanto sobre tantos.

El reloj aproxima la hora de salida. Guardo mi equipo, satisfecho: fue un día productivo. Mentiras, falacias, engaños. Lo de siempre. Me levanto, camino, tomo el colectivo y me siento. Llego a casa, duermo unas horas. Despierto, me baño y sucede. Me encuentro paralizado frente al espejo, solo, en el cuarto más húmedo de la casa. No puedo resistirme. Desempaco. Acomodo mi lente, ajusto en treinta y siete. Sin flash, no hace falta. Click. Foto velada. Pruebo otra vez. Click. Sobreexpuesta.

 
Comments:
Hola, me gusta el nombre de tu blog y me gusto la historia fotografica.
 
Saludos Agustín:

Tengo que alabar la selección de tus temas y la magia envolvente en que los desarrollas. Muy buen relato.
Volveré a tu blog.

Raffie Rivera
 
interesantes escritos!!
 




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Agustín Capeletto
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