Arremolino mi café: aún no llegan. Saquito de azúcar. Uno más. Mejor. Cuatro veintiséis.
Supuse que sería fácil: me sentaría, como siempre, en la única mesa con privilegio a ventana, tomaría algunos sorbos de café y, segundos después, llegarían. Todo lo contrario: ya pasé cuarenta y seis minutos en la mesa frente a los baños, mi café se enfría y aún no llegan. No me atrevería a tomarlo sin ellas aquí. Nunca. Cinco doce.
Estoy viejo, un poco pelado, algo olvidadizo: hoy será la última vez. Años atrás les confié noviazgo, matrimonio, hijos, engaño, divorcio, soledad. Ya no puedo disfrutarlas: no tengo nada para confiarles. Cinco cuarenta y ocho.
Sillas inquietas: agujas prepotentes empujan personas fuera del bar. Sólo quedamos mi taza, yo, jarras vacías y sus borrachos correspondientes. Seis.
Espuma de un lado, café del otro: mi taza no escupe humo. Se abre una puerta: ¿ellas? No. Seis cincuenta y dos.
Borrachos, desmayados; taza, fría; silla, inquieta. Me levanto, enojado, harto, sintiéndome un idiota. Sonriente, el mozo nuevo pregunta: ¿medialunas?