Intentos literarios
 
Espadas y picas

Zutano: años de investigación, recopilación y clasificación habían dado sus frutos. El Diccionario Irrefutable de la Lengua Española ya podía olerse en papel. Los cientos de diccionarios disponibles se habían vuelto poco prácticos: todas las disciplinas debían ser unificadas en un único e irrefutable tomo. Así fue. Publicada la obra, se quemaron los diccionarios alternativos en una fogata que dicen duró semanas. El Irrefutable los reemplazó.

Fusionadas las disciplinas existentes, todos pudieron saciar sus inquietudes. Se erradicaron las dudas. Comprobada su utilidad pedagógica, el Irrefutable suplantó los libros utilizados en establecimientos escolares: no más gastos innecesarios ni definiciones ambiguas. Tanta fue la aceptación del nuevo Diccionario que incluso las iglesias reemplazaron sus desgastadas Biblias por el futuro texto sagrado. Era lógico: el Irrefutable contenía todas las religiones practicadas.

Traducido a los idiomas y dialectos conocidos, el nuevo Diccionario amplió su dominio. Se llevaron los restantes diccionarios alternativos, libros de texto y demás aberraciones inútiles a los lugares destinados para la quema: los usuarios que se apegaron a ellos fueron perseguidos por las divisiones Irrefutables de las policías correspondientes, quienes los obligaron a ceder sus libros o sufrir las mismas consecuencias que estos últimos. Ciertos escritores murieron calcinados junto a sus obras fallidas. Como era de esperar, no tardó en aparecer el Diccionario Irrefutable de las Lenguas, un único tomo que recopiló y reemplazó todas las publicaciones locales.

Los libros dejaron de existir, exceptuando, por supuesto, los que hacían referencia al Irrefutable. Las bibliotecas y librerías se transformaron en simples puntos de difusión del texto sagrado. Se prohibió la producción, impresión, trueque, venta o compra de cualquier libro diferente al Irrefutable; para evitar aberraciones, se resolvió vedar las futuras revisiones del mismo. Nada escapó la sombra irrefutable del Irrefutable. Todos contentos.

Los Editores conocieron el problema en medio de un ebrio juego de póquer: todas las ediciones del Diccionario Irrefutable de las Lenguas poseían errores en sus artículos y definiciones. No errores de puntuación u ortografía, ni siquiera de ordenamiento alfabético. Mucho más graves: cada una de las afirmaciones eran erróneas. Una falla en el proceso de impresión las había barajado sin que nadie lo notara. Era irreversible. Esto, entre otras cosas, explicó porque muchos habían comenzado, sin razón aparente, a venerar sillas, desodorantes y especificas clases de tomate.

Las definiciones erróneas se naturalizaron. La desconocida falla del Irrefutable es aceptada como única verdad y mantenida por su obvia condición de irrefutable: los practicantes del Islam consideran sagrada su tradición de volar barriletes violetas; las parteras, una vez llegado su visitante, pintan de colores sus orejas; las bicicletas se manejan en reversa; la Psicología estudia los números y las operaciones hechas con ellos, la Aritmética la actividad psíquica y la conducta humana, la Historia toma como inicio de los años la ejecución de un herrero francés acusado de pensarse más allá de su oficio y la Metafísica es un tipo de pizza. Los ejemplos son infinitos.

La prohibición irrefutable de revisiones al Irrefutable y la ausencia de referencias escritas impiden las correcciones obligadas. Los Editores consideran innecesaria su fe de erratas: aseguran que las definiciones “correctas” son sólo el producto de una partida diferente con las mismas barajas. Es su turno de repartir.

 
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Agustín Capeletto
minotopo@msn.com

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