Le escribo esto, inmóvil, entredormido, porque de otra forma ella despertaría. No tengo otra opción: estoy harto. No puedo detenerla. Necesito su ayuda. Necesito que me libere. Que me asesine. No se preocupe por las complicaciones penales; más adelante encontrará, paso por paso, instrucciones infalibles para que goce de la desgastada característica de inimputabilidad. Desapruebo el uso de cualquier elemento contundente, cortante o lacerante: junto con las instrucciones inimputables, anexo una receta familiar de veneno efectivo, agradable al gusto y, sobre todo, sencillo de preparar. Incluyo, también, una foto. Supongo supondrá su función.
Debe preguntarse, primero, el porqué de mi pedido (si no es así, puede obviar esta sección y simplemente asesinarme). Mi mente me tiene de rehén. Suena extraño, absurdo, estúpido y otros adjetivos que seguro conocerá, pero es la verdad: no puedo controlar mi propia mente. En un principio, cuando no podía evitar tararear canciones y pensar en cosas que no hacían falta, no le di importancia. Fue en los meses siguientes, cuando perdí todo control de mis pensamientos, cuando las voces en mi cabeza ya no eran las mías, que realmente me preocupé. Traté de evitarlo, traté de detenerla: ya era tarde. No sabía quién era. ¿Quién soy? No puedo caminar, pensar, hablar, siquiera escribir por mi cuenta. Mi mente me tiene de rehén, y no puedo hacer nada para evitarlo. Es cuando duerme, cuando sueña y deja de maquinar nuevas estrategias para mantener mi reclusión que puedo librarme, al menos por unos minutos, de su vigilia. Así le redacto este favor: acostado, con los ojos entrecerrados, adivinando letras en un papel arrugado. Creo que es excusa suficiente para la falta de nitidez presente en mi caligrafía.
Debe preguntarse, además, porqué usted. Porqué, entre todos los que podría haber elegido, escogí a usted como verdugo. Deberá quedarse con la duda; lo único que puedo decirle es que, de las que me crucé en la calle, usted fue la persona cuyo bolso fue de más fácil acceso. O la que poseía la cara más capaz de cometer homicidio a pedido. Probablemente ambas razones. Sabiendo de antemano lo mucho que me costará encontrarlo y, sobre todo, lo difícil que será concentrarme lo suficiente para entregarle el pedido, le pido, por favor, que cumpla su cometido. No me obligue a obligarle.
Le indico las instrucciones infalibles que le permitirán cometer mi homicidio sin dejar rastro ni culpa alguna. Sugiero que lea con atención: no permitiré que falle. Intenté hacerlas lo más generales posible para ayudarle en otras probables circunstancias; aun así, le recuerdo que, sin excepción alguna, debo estar primero en su lista. Aclarado esto, continúo. Todos los días, aproximadamente a la una treinta, salgo de mi oficina, cruzo la calle y me alimento de lo primero que encuentro. Esto es, casi siempre, la comida de algún puesto ambulante. Sus instrucciones se resumen en estas pocas líneas: prepare la receta tóxica que anexo; consiga, de alguna forma, uno de esos puestos ambulantes; cocine, sazonando con el veneno apetecible, el alimento que le plazca. Y véndamelo, le pagaré gustoso. Eso es todo.
No dude. No intente evitar asesinarme. No voy a permitírselo. No quiere averiguar como. Suerte.
P.S. Olvide todo lo que leyó. Todo, desde el asesinato ineludible hasta la acusación de reclusión por parte de mi propia mente. Puros delirios, sobre todo esto último. A ella le debo todo lo que soy, todo lo que pueda llegar a ser. No es la primera vez que pasa: a veces, justo antes de caer dormido, no puedo controlar lo que hago. No se preocupe. Lo único que debe hacer, ahora, es tirar esta carta. De lo demás, yo sola puedo encargarme.