Comencé a buscarlo al mudarme a esta casa. Por su ubicación propicia al chisme, historias sobre su antigua dueña no escaseaban: desde asesinatos pasionales increíblemente detallados hasta temibles locuras destructivas. El precio y las obvias comodidades de la casona pesaron más que las hipotéticas historias de aquellas señoronas. Ya no molestan: todas murieron.
La casa es enorme, pero no dejo que me intimide. Aun viviendo sola, sin siquiera mascotas, sus techos inalcanzables y escalones ruidosos no me perturban en lo más mínimo. Gracias a su discutida dueña anterior, me es inevitable sentirme acompañada por la gran cantidad muebles antiguos que la habitan. Uno de ellos, al mudarme, fue el que más me llamó la atención. Ni mármol, ni espejos, ni características destacables: opaco, pequeño, bastante frágil, con sólo dos cajones aparentemente ocultos. El segundo es el culpable de mi búsqueda. Vi, en un rincón del cajón, una extraña placa de colores apagados con la imagen de una mujer sentada, sosteniendo un libro. Irresistiblemente sepia, me miraba recelosa, sabiendo que buscaría en toda la casa hasta encontrar lo que resguardaba en el daguerrotipo. No tengo -ni tenía- nada que perder: con renta asegurada y sin acompañantes futuros, mis días se reducen a esperar el siguiente.
Decidí dedicarme exclusivamente a la búsqueda del libro. A menos que fuera para comer, dormir o saciar mis necesidades de aseo, no dejaría de interrogar cada rincón de la casa. Para asegurarme de no revisar repetidas veces los mismos lugares, me propuse eliminar, a fuerza de hacha, cada mueble, cada objeto inútil que encontrara. Cada cajón que inspecciono, cada mueble que destruyo alimenta mis ansias de encontrar su tapa, probablemente negra. Imagino una primera edición de un libro perdido; el único ejemplar de alguna obra maestra olvidada; el diario que devela los misterios de la locura destructiva de la antigua dueña de esta casa y decenas de posibilidades plausibles. Ninguna es la correcta, lo sé, pero cada errónea sabe acercarme a la verdadera.
Supo: hoy, ahora, lo tengo en mis manos. Minutos atrás, mientras, hacha mediante, examinaba delicadamente muebles probables, sentí un crujido extraño en uno de los escalones de madera. Sabiendo que podría darle fin a la búsqueda que ya consumió años de mi vida y el valor de la casa, destruí los escalones que me parecieron sospechosos. Todos. No estoy arrepentida: algunos escalones y monedas perdidas son un sacrificio mínimo comparado a lo que encontraré cuando finalmente lo abra. Sonreí, destrozando la escalera, deleitándome por las predecibles maravillas que estarían dibujadas en cada una de las hojas, párrafos, oraciones, palabras del libro. En el último escalón, el del ruido extraño, apareció, cubierto por la capa de polvo que caracteriza a los objetos de esta antigüedad.
Me siento en el sillón menos destruido de la casa, cerca de una de las pocas lámparas aún intactas y lo abro, cuidadosa de no dañar la frágil tapa marrón del libro. Por fin mis años de búsqueda terminarán, pienso, mientras hojeo las reglamentarias primeras páginas en blanco. Continúan. Paso hojas, cada vez más rápido, ansiosa por encontrar al menos una oración, una palabra, una letra. Ninguna. Desgarro el lomo, las tapas, el papel inútil. Nada.
Levanto mi hacha: aún quedan muebles por revisar.