Insípidos, tediosos, interminables, aburridos: así eran mis días. Hasta que me lo regalaron. Desde esa noche de mi decimotercer cumpleaños, tuve en mis manos, en mi biblioteca olvidada, el libro que podría y sabría entretenerme.
El regalo envuelto en papel metálico verde era enorme, pesado, imponente. Fue el primero en llegar a mis dedos ansiosos de casi adolescente; fue el que más me decepcionó. Arranqué el papel de un tirón y lo vi por primera vez, ahí, en la mesa enmantelada, inmóvil, esperando que abriera su tapa dura. Un diccionario. Un enorme, robusto, aparentemente infinito diccionario. Y ella, esa tía que nunca veía, a la que no le importaba, se me quedo mirando, esperando que le agradeciera, que le dijera la mucha utilidad del objeto regalado. Pero no. No dije nada. Mi cara y mis ojos pensaron, enojados: ¿Un diccionario? ¿No se te ocurrió nada mejor? ¡Trece años! ¿Ni siquiera un muñeco, un auto de colección? ¡Hubiera preferido ropa! ¡Ropa! Sonrió, como buena tía que ve tan poco a su sobrino que no puede siquiera reconocer sus caras de odio. Pasada la fiesta, guardé, enojado, el aparentemente infinito libro en la biblioteca olvidada de mi cuarto. Y quedo ahí, asediado de literatura barata y revistas insulsas.
Funcionó perfecto sosteniendo hojas, nivelando mesas y guardando papeles por algunos años. La tarea engañosa de una desagradable profesora fue la culpable de que finalmente lo abriera, en la pagina veintisiete, para buscar una palabra esquiva. Achaflanar: Dar forma de chaflán a una esquina, me sugirió. No entendí. Cara, en general estrecha y larga, que resulta en un sólido cuando un plano corta una esquina o un ángulo diedro, dijo, intentando ayudarme. No pudo. Figura geométrica formada en una superficie por dos líneas que parten de un mismo punto; o también la formada en el espacio por dos superficies que parten de una misma línea, terminó. ¿Qué? Cerré el libro, bastante confundido, un poco enojado, y me fui a acostar.
No pude dormir, nunca podía, me aburría. Pensé las ocho horas reglamentarias, y finalmente entendí, por fin, que los diccionarios no son lo que la mayoría piensan, que no sirven para buscar las definiciones precisas de las palabras que los perturban. No, nada de eso. Sus reglas, redactadas en subsiguientes noches de insomnio autoinducido, que algún día espero aparezcan en las primeras páginas del libro, dicen:
1. INTRODUCCIÓN
Contrario a las creencias tradicionales, el Diccionario no es un libro de consulta, sino uno de los juegos, a veces de mesa, a veces de bolsillo, más antiguos que existen. Desvirtuada su verdadera función, es necesario reivindicarla.
2. OBJETIVO
Encontrar y posteriormente tachar la mayor cantidad de palabras posibles en el tablerolibro elegido.
3. REGLAS DE JUEGO
Se comienza eligiendo cualquier palabra del tablerolibro; se rastrean, luego, las presentes en su definición con el objetivo de eliminarlas; se procede, entonces, a buscar y tachar las palabras contenidas en las explicaciones de las nuevas tachadas, que, a su vez, contienen otras definiciones y palabras tachables. La partida finaliza cuando ya no hay relaciones posibles o al lograrse el juego perfecto, es decir, al eliminar todas las palabras presentes en el diccionario. El puntaje máximo depende de cada tablerolibro elegido, ya que cada palabra eliminada es igual a un punto. El tiempo y la cantidad de jugadores son flexibles a las necesidades particulares.
4. EXCEPCIONES
Existen contadas excepciones para las palabras tachables. Artículos, pronombres y preposiciones deben evitarse por ser, sobre todo, excesivamente frecuentes. Puede aceptarse la inclusión de alguna palabra que caiga en cualquiera de estas tres categorías, solamente en forma de comodín y en condición de último recurso. Tales comodines no serán agregados al puntaje total de palabras tachadas.
Es simple: deben buscarse palabras en el diccionario, tachar las referidas en las definiciones tachadas, tachando también las presentes en las próximas, hasta que no haya ninguna tachable. No hace falta otra explicación.
Nombrar Diccionario al redescubrimiento de la verdadera función de tales libros hubiera sido efectivo, pero demasiado cómodo. En una de mis tantas partidas del juego aún a bautizar, encontré el nombre preciso: Conjunto de las palabras y lexemas de una lengua y libro en que se contienen: Lexicón. Mejor imposible.
Dejé mis estudios tiempo después de redescubrir Lexicón. El simple hecho de atender a una institución basada en una mentira, en el uso incorrecto del diccionario, me causaba risa, asco, desprecio. Como agravante innecesario, me encontré con el odio de todos mis compañeros de grado, a quienes la idea de consultar diccionarios completamente tachados no les resultaba para nada entretenida. No era mi culpa que tuvieran libros tan jugosos. Abandoné, obviamente, aquellos lugares, para dedicarme tiempo completo a perfeccionar el descubrimiento redescubierto. Me propuse entrenarme en el arte de Lexicón, sin importarme otra cosa que lograr el juego perfecto, la partida infalible, el puntaje inalcanzable. No pararía hasta lograr tachar todas las palabras de un tablerolibro. Compré diccionarios, glosarios y, justamente, Lexicones en todas las librerías que encontré. No alcanzaron. Tuve que salir otra vez, muchas veces, a conseguir nuevos. Ya no podía parar. Ya no quiero parar.
Hoy me queda sólo un tablerolibro. Es mi última oportunidad. No puedo perder: ya no tengo ningún objeto para intercambiar, ningún mueble por vender, ningún préstamo posible en el banco. No puedo conseguir otro. Sólo tengo este diccionario, y ninguno más. No puedo fallar.
Muevo los Lexicones fallidos de mi única silla, me siento frente a la mesa especialmente enmantelada y apoyo el último, el más grande, el más difícil, junto a marcadores, resaltadores, biromes, lápices y algunos crayones. Respiro hondo, cierro los ojos, abro el tablerolibro y comienzo a tachar al azar, como es debido:
Cuento:
Narración breve de ficción:
Acción de narrar:
Ejercicio de la posibilidad de hacer:
Acción de ejercitar:
Practicar un arte, oficio o profesión...
Aptitud o facultad para hacer o no hacer algo...
Producir algo...
De corta extensión:
De poca duración:
Tiempo que transcurre entre el comienzo y
el fin de un proceso:
Principio, origen y raíz de algo...
Término, remate o consumación de algo...
Invención:
Cosa inventada:
Objeto inanimado:
Materia de conocimiento...
Que no da señales de vida:
Estado de actividad de los seres
orgánicos...
Tacho, tacho palabras desenfrenadamente, emocionado, feliz, sonriente, contento, analizando definiciones, eliminando pronombres, preposiciones, artículos. No paro, no paro por un día entero, ni para comer, ni para ir al baño, ni para descansar. No puedo hacer otra cosa, no quiero, podría perder la racha, no me lo perdonaría. Sigo.
Agarro el resaltador rojo, el menos gastado y tacho trementina. Y termino. Reviso cada una de las seiscientas trece páginas del tablerolibro buscando errores, palabras tachables, relaciones inexistentes, excepciones incluidas. Nada. No encuentro ninguno. Lo hice. Por fin. Terminé.
Ahora puedo dejar de obsesionarme, puedo vivir otra vez. Ahora puedo ser el de antes, el que pensaba en otras cosas además de Lexicones. Ahora puedo salir sin preocuparme en encontrar diccionarios, sin caminar kilómetros para comprarlos. Ahora, finalmente, soy libre. Ahora... ¿ahora qué?