Intentos literarios
 
Bohemia

I

Era frustrante.

Excelente, perfecto, mejor imposible, solían decir, cada vez que les mostraba los pocos cuentos que mi vergüenza no se apropiaba. Tenés que leer más, practicar más, escribir más. Tenés que explotar todo esto que llevás adentro, todo lo que te deja plasmar estas cosas en el papel. Tenés que hacerlo. No lo desperdicies; nos encanta.

Intenté hacerles caso. Me mudé al barrio que me indicaron inspirador de musas, a un departamento realmente oscuro, bastante húmedo, adecuado para los que se hacen llamar escritores. Recorrí librerías de usados, comprando todo lo que me sonara familiar, todo a lo que no le faltaran hojas amarillentas o, debo admitirlo, todo lo que costara menos de los pocos billetes que solía llevar conmigo. Mudé lo mínimo indispensable: una máquina de escribir, bastante antigua, regateada en un mercado sospechoso hasta el más mínimo centavo; una resma de papel que parecía hacerse más translucida con los días; una silla y su mesa correspondiente, que venían con la máquina regateada; un colchón poco confortable; unas pocas ropas; una lámpara de luminiscencia dudosa; y mi gato blanco a rayas, que se rehusó a maullidos a hospedarse en un cómodo callejón. Lo demás vino con el departamento, cuyo precio de alquiler justificaba las goteras, los olores y, posteriormente, los gritos desesperados de los inquilinos del quinto, a veces séptimo, piso. Acomodé el colchón, la silla, su mesa, la máquina regateada, la lámpara y pasé los días siguientes leyendo de malas imprentas y páginas descoloridas. No fue muy productivo: aprendí, aquellas noches, a dolor de ojos, que los libros baratos en tiendas de usados no suelen ser los más recomendables.

La máquina regateada no fue una buena inversión. Agravando la ausencia de un manual de uso, la falta de la gran mayoría de las vocales terminó de convencerme de dejarla a un lado, conseguir una pluma y escribir a mano. Un poco más lento, desordenado e incómodo, puede ser, pero al menos de esa forma podría usar todas las letras del alfabeto. Vendí la máquina inútil y con la ganancia, mucho menor que el coste original, compré una pluma desafilada y su respectivo tintero.

Estaba todo listo. Me senté, tranquilo, relajado, en la silla frente al escritorio, y comencé a escribir historias entre mayúsculas, manchas, y puntos y aparte.

La primera fue bastante interesante. Un hombre cualquiera, en un colectivo cualquiera, escribía apurado en su cuaderno de tapas blandas. Yo lo miraba oculto desde mi asiento, adivinando las letras y números con que lastimaba sus hojas. Eran días, fechas y acciones: escribía, sin descanso, horarios precisos y detallados para llevar a cabo en los días siguientes, una especie de almanaque exagerado. A las ocho treinta, bañarse, de lunes a jueves; a las nueve menos veintiséis, desayunar, esos mismos días, dos tostadas con miel y mitad de un café con leche; a las diez, salir hacia el trabajo, siempre. Hasta llegar a destino, observaba a aquel hombre planear su vida con semanas de antelación. Caminando hacia mi casa, bordeando la plaza oscura, lamentaba no haber robado el cuaderno: me habría encantado saber, al menos un día, qué hacer de mi vida. Fin.

La segunda no terminó de convencerme. Una noche de insomnio, como muchas otras, me incitaba a mirar por la ventana, a buscar razones para no hacerlo. No lo conseguía: gritos y tres personas llevando una cuerda blanca en el medio de la calle robaban mi atención. Intentaba no mirar, intentaba evitar aquella ventana redonda, pero era imposible. La cuerda blanca me intrigaba, me llamaba desde la calle, para seguirla, para saber dónde terminaba, hacia dónde llevaba. No podía contenerme, y esperando que los tres sospechosos se fueran, salía descalzo a seguirla. Encontraba no sólo la cuerda que había visto, sino una en todas las calles de la ciudad. Me topaba con otros, como yo, que descalzos seguíamos lo que luego descubrimos eran simples ramificaciones de una cuerda enorme que cesaba en la avenida más importante de la ciudad. Llegábamos todos allí, en pijamas, somnolientos, esperando una respuesta. No nos la daban, y nos volvíamos, tristes, a nuestras camas. Los diarios no mencionaban nada la mañana siguiente. Fin

La tercera era simplemente estúpida: un nuevo colectivo, ahora vacío. Yo frente a la máquina, con las monedas en la mano, esperando recibir el boleto. No podía. Me paralizaba ante la interpelación del aparato expendedor: “indique su destino”. Intentaba comprender por qué a aquél pedazo de metal le interesaba mi futuro, pero no lograba descifrarlo. El colectivo no me esperaba. Fin.

Y ninguna más. Pude escribir sólo tres cuentos, o intentos de, sólo tres historias, o intentos de, hasta que el tintero dejó de responderme.

II

Los arañazos valieron la pena.

La escasez mental de tinta no menguó. Después de aquellos tres intentos mediocres de cuentos, no pude escribir más. Repetía el proceso, y no había caso. Por más que me sentara, tranquilo, concentrado, esperando que me atacaran las musas que me había prometido el barrio, no podía escribir nada, no pasaba nada, no salía nada.

Hasta que la conocí. Buscando otra resma manchable en el mismo mercado sospechoso, nos vimos, primero yo, después ella. Sus ojos eran perfectos, redondos, negros, penetrantes. No pude contenerme. Me acerqué a ella, nervioso, como siempre, y le pregunté su nombre. Me distraje observándola, no lo escuché, no era relevante. La invité un café, creo, tal vez un té, y hablamos por horas. Me fascinaba.

Me encontré en mi departamento, en mi asqueroso hogar, con ella al lado, desnuda. No le importaba que no hiciera nada de mi vida, que los únicos muebles que tuviera fueran el colchón en que ahora dormía, una silla sin todas sus ruedas y una mesa manchada de tinta negra. Dormía, tranquila, sabiendo que al menos por hoy había encontrado a alguien para abrazar, para tocar. Yo pensaba.

Me di cuenta. Ella podría ayudarme con sus ojos, con sus redondos, negros y perfectos ojos. Ella podría permitirme escribir otra vez.

Por fin voy a afilar mi pluma, pensaba, por fin, mientras la ataba de pies y manos donde encontraba lugares apropiados. No va a pasar nada, no te preocupes, es sólo un momento, respondía a sus uñas. Necesito que me prestes tus ojos por un tiempo, nada más, lo prometo, en serio. No te resistas. No te preocupes. Quedate quieta. Tomé la resma, la pluma a afilar, me senté donde pudiera alcanzarla; la vi, hermosa, atada, mirándome con furia con ese negro que ya no podía evitar; ahogué sus gritos con el único par de medias limpio que guardaba; respiré profundo; empecé. Introduje la pluma en el tintero izquierdo, que se resistió menos, y me propuse escribir. Funcionó. Tenía razón. Ella podía ayudarme. Continué entintando mi pluma con sus pupilas, que goteaban colores de vez en cuando. Vacié sus ojos en treinta, cuarenta frenéticas hojas amarillentas, y pude por fin terminar una historia. Era excelente, dirían ellos, estoy seguro, segurísimo. Estaba feliz.

La desaté. No se movía. Me fui a la plaza, a leer, tal vez a corregir nimiedades, y la dejé ahí. Cuando volví ya no estaba.

III

Qué oscuro.

No volví a verla. No pude volver a escribir, a crear, como lo había hecho esa noche. La busqué, sin éxito, en el mismo mercado sospechoso. Me desesperé. Tenía que encontrarla, tenía que verla al menos otra vez. No podía simplemente cesar mi búsqueda, mucho menos admitir que la había dejado escapar por querer contemplar su obra. Tuve que hacerlo.

Busqué alternativas oculares.

Humanos, primero, en el mismo lugar donde había encontrado a quien hasta hoy fue la única que supo entintar mi pluma. Ni hombres ni mujeres aceptaron mi propuesta, extrañados algunos, corriendo otros. No podía entenderlo. Lo único que les pedía era que me prestaran sus ojos por unos minutos, ni siquiera horas, solamente míseros minutos. Un solo ojo, decía, uno solo necesito. Se lo pago. Nunca aceptaban. Egoístas.

Otro tipo de mamíferos, después, donde me los cruzara. El primer obvio candidato fue mi gato blanco a rayas, que hasta ese momento no había muerto. Pupilas angostas y, sobre todo, uñas filosas no fueron suficientes para disuadirme de la idea. Ya estaba acostumbrado. Lo inmovilicé e introduje mi pluma como pude. Intenté crear en las pocas hojas que aún conservaba, pero fue en vano: plasmé puras idioteces. Seguí con algunos perros callejeros. Más cariñosos, seguramente, pero algo estúpidos. Tampoco funcionaron. Por más gato o perro vaciado, el resultado era siempre el mismo. Nada.

Basta. Estoy exhausto, cansado, harto de tanta búsqueda. No puedo depender de otros para escribir, no puedo simplemente robarles la tinta de sus ojos para usarla a mi favor. Tengo que usar la mía, la de mis propios ojos, para crear como lo hacía antes, cuando me decían que debía explotar todo lo que tenía adentro. Esto tiene que terminar. Voy a buscarme, a encontrarme, a mí mismo, ahora.

Me veo invertido en la mitad del espejo que conseguí junto a algún árbol, miro la pluma ya desafilada en mi mano y acomodo la resma en el lugar preciso. Respiro. Apunto, introduzco, entinto, escribo.

 
Comments:
Me encantó. Escribís muy bien.
Un saludo
 
Es, sin dudas, uno de tus mejores cuentos. Creo que huelgan los argumentos a favor de esta apreciación.
También, sin dudas, !si yo hubiera conocido de entrada adónde iba el relato, vos no hubieras logrado que lo leyera!
Bien mirado, lo que acabo de escribir puede considerarse un argumento sólido a favor de la calidad literaria del relato, ¿no es cierto?

En fin. Saludos, Capeletto

Esther
 




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Agustín Capeletto
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