No existe cosa más solitaria que un faro. Su ambiente plagado de interminables escaleras, de humedad agobiante y penumbra permanente se encarga de recordarle día a día lo angustiante de su existencia. Sus colores festivos le parecen una broma pesada de su creador; aprovecha desesperadamente musgo y sal marina para desteñir su vergüenza. Quienes le dan vida le permiten, cada tanto, gozar la alegría de guiar algún navío entre las rocas. Son esporádicas: contagia a sus habitantes con la naturaleza de su construcción, obligándolos a aprovechar la altura para relegarse a si mismos de sus tareas.
Los faros son autodestructivos. Y eso los entristece.