Los hay fuertes, molestos, solitarios; débiles, agradables, mimosos. Fríos, irritantes, chillones; cálidos, reconfortantes, silenciosos. Tenebrosos, asesinos, imparables. Compañeros, pasivos, necesarios. Ciclotímicos.
Por más adjetivos que apilemos, definirlos nos es imposible. A algunos les gusta sentirlos como el último suspiro de una nube agonizante. A otros como una forma más de despeinarse.
No es el viento el que cambia, somos nosotros.