A Gris le gustaba vivir en infinitivo. Ahorrar tiempo, ¿conjugar si no hacer falta? Era simple: despertar, bañar, alimentar, trabajar. Era fácil: descansar, observar, cantar, escuchar. Era feliz; era Gris.
Esta grisácea rutina autoinducida había logrado que no sólo detestara los accidentes gramaticales, sino que perdiera su ambigüedad subjetiva. Ya no sólo evitaba conjugar verbos, sino su propia vida. Vivía en un mundo en donde cada objeto poseía una función única, especifica e inmodificable. Donde cada cosa era una mera cosa. No veía formas y colores, sino sutiles útiles diferencias entre objetos. Funcionaba gracias definiciones escritas, había perdido la capacidad de inventarlas.
Hasta que la conoció. Pasados, presentes y futuros; indicativos, subjuntivos e imperativos inundaron sus pensamientos. Una mezcla de formas y colores explotó dentro, frente a sus ojos. Octaedros, dodecaedros e incluso icosaedros; toda clase de edros colisionaron en su mente. Gamas, tonos y aleaciones colorearon a los recién llegados.
Comenzó a tratar esos mismos objetos y cosas no por sus definiciones, sino por sus definiciones. Pretéritos imperfectos, indefinidos, anteriores y hasta pluscuamperfectos ahora las inventan. Es feliz; era Gris.