Otra vez allí, intentando hacer lo que nunca pudo. Otra vez la hoja en blanco. Otra vez la angustia. Odia esa hoja que debía ser la primera en presenciar su interior. La detesta. Se detesta, se concentra, nada pasa. El tiempo pasa, nada pasa. No le importa cual, necesita cualquier palabra para comenzar. Repite ideas hasta que olvida el porqué; ¿espejo?, ¿amanecer?, ¿cuchara?. Se frustra. Tacha, rompe. Comienza otra vez. Angustia. La detesta. Se siente inútil, estúpido. Solo. La hoja muerta lo acompaña, rogando ser reanimada. Intenta; no puede. Se odia. La odia. El blanco de la hoja contagia su interior. Otra vez vacío. En blanco. Se rinde.
No podía. De todas las cartas escritas en su vida, esta debía ser la más importante. Le había sucedido veces anteriores, pero esta era diferente: ¿como justificar a todos los que la leyeran el porqué de lo que estaba a punto de hacer? Ya no había vuelta atrás; una vez que lo hiciera, tampoco. Aun sabiéndolo, no podía siquiera comenzarla. Su peor temor era su única realidad: no tenia a quien escribirle. Ya era tarde, estaba anocheciendo; no podía perder más tiempo. Se rindió.
Era hora. Rompió la hoja muerta y se arrojó vacío, al vacío.