No puede ser, no puede estar sucediendo, se repetía mientras revolvía otra vez donde debía estar. Lo había guardado celosamente en un cajón, sabiendo que algún día lo necesitaría. No estaba, había desaparecido en el único momento en que lo necesitaba. Recostado, volvía sobre sus pasos, intentando asesinar su agonía. Lo había visto en el cajón cercano a la puerta: cuando fuera el momento, lo sacaría sin apuro y saldría con el tiempo necesario. Era el momento; no estaba. Paralizado por su pérdida, hurgaba en sus recuerdos. Horas antes, lo había tenido en sus manos ahora nerviosas mientras acomodaba el folio que lo protegía. Tampoco. Ya no tenia más pasos sobre los cuales volver, ya no tenia lugares donde buscar. Derrotado, sabía que no llegaría. ¿Cómo puede ser? Murmuraba intranquilo. ¿Por qué me hago esto? Esperaba una respuesta. Nadie. Corrían segundos, enloquecía. Sabia que no lo encontraría; buscaba desesperado en los lugares que ya odiaba. Nunca apareció.
Ella lo esperó en el lugar que habían acordado. Él nunca pudo encontrar el coraje.