Las letras habían implotado. Literalmente. Todos los países, ciudades, pueblos, barrios, casas habían decidido aislarse del resto. Sólo así mantendrían su cultura. Su lenguaje. Por décadas, siglos, se aisló a la fuerza cada uno de los idiomas existentes. Mutaron. Dejaron de existir lenguas oficiales: cada manzana, cada ciudad, cada país formó parte de un asqueroso aglomerado de dialectos. Nadie pudo escapar. Ni entenderse. Caos.
No podían continuar así: ni siquiera vecinos compartían el mismo dialecto, el mismo tono, la misma forma de entender el idioma. Habían perdido la capacidad de comunicarse. Era horrible. Debían hacer algo. Se votaron representantes, presidentes, secretarios y funcionarios para integrar el Consejo Mundial de Boicot al Dialecto.
Después de cientos de errores de interpretación entre los representantes, finalmente se tomó una decisión. El honorable Consejo Mundial de Boicot al Dialecto resuelve, con el objeto de unificar todos los idiomas conocidos y facilitar la comunicación entre pares, lo siguiente: de manera inmediata, sin excepción, se reemplazan las letras por números. Cada unidad del lenguaje es ahora una unidad numérica, determinada al azar para evitar futuras subversiones. La resolución era infalible: los dialectos y demás horribles mutaciones del lenguaje por fin podrían unificarse bajo un mismo sistema. Se perdería belleza en la escritura, puede ser, pero pocos se darían cuenta. Enmiendas adicionales ordenaron la destrucción total de cualquier papel escrito y la utilización de números romanos para las mayúsculas. Se erradicaron las letras. A nadie le molestó.
Funcionó. Aun cuando todos mantuvieron sus formas de interpretar el idioma, la escritura numeral hizo posible la añorada comunicación. Utilizando tablas numéricas, cada implicado en el intercambio de dialectos pudo traducir cada expresión, cada palabra, en pocos segundos. En un principio fue incómodo, sobre todo cuando aún no existían publicaciones dedicadas al tema. La primera, intitulada VIISeisVeintidos, agilizó el nuevo sistema clasificando e imprimiendo cada tabla existente. Pronto todos las habían memorizado; pronto todos olvidaron las letras. Todo se volvió gris. Robótico. Mecánico. Ya nadie supo como expresarse sin atenerse a las incuestionables tablas numéricas publicadas. A nadie le molestó.
Hoy nadie recuerda como escribir letras. Me dan asco. ¿Cómo pueden haber asesinado las letras? ¿Con qué derecho? Genocidas. Suerte que encontré uno de los pocos libros que sobrevivieron. Ninguno de los clásicos, por supuesto, esos fueron los primeros en caer. Tampoco un autor conocido: solamente un libro. Con letras. Sin él no estaría aquí, rogándoles ayuda. Sin él me hubiera conformado con horribles rectas numéricas. Sin él no sabría escribir.
Me lo regaló un viejo que no me interesó conocer. Letras, dijo. Son letras. Antes, bastante antes, escribíamos así. Deberías quemarlas. No le hice caso. Hojeé mi libro todos los días, por meses, intentando adivinar, traducir en números. Tardé, pero pude. Estaba seguro de no ser el único. Convencido que tal vez, lejos, en algún lugar, existían otros como yo. Otros que encontraron libros, que se maravillaron por esos jeroglíficos cursivos. Que los hojearon, algo temerosos, sin conocer del todo su significado. Estaba seguro.
Ella lo confirmó: Tenía un libro en sus manos. Con letras. No podía creerlo. Me acerqué a ella, un poco tímido, como siempre, explicándole mi odio por los números y fascinación por los jeroglíficos cursivos. Se me quedo mirando, perpleja. Un rato. Bastante largo, o al menos eso pareció. Finalmente, dijo tres palabras: ¿Sí? Me alegro. Y se fue. No me lo esperaba. Pero, realmente, ¿Qué esperaba? ¿Qué llorara de la emoción, echándose a mis brazos por haberme encontrado? ¿Júbilo? Qué estúpido.
No me importó. Ahora sabía: existían otros como yo, interesados en esos firuletes no numéricos. Gracias a ella decidí buscarlos; gracias a ella los encontré. Fue relativamente sencillo: publiqué avisos escritos con letras en todos los diarios que tuve a mi alcance. ¿Entiende este mensaje? 4893-7622. En principio no funcionó: mi teléfono podía traducirse en expresiones algo soeces. Tuve éxito al incluir mi dirección.
Aparecieron cuatro. No eran muchos, pero bastaban. Con ellos formé el único opuesto al Consejo Mundial de Boicot al Dialecto. En principio sólo nos limitamos a escribir, intentar poemas, pequeños cuentos. Cada tanto, en alguna de esas largas noches entre papeles y cursivas, algún texto valía la pena. Pasado el fervor inicial, lo revisábamos, halagábamos y posteriormente enmarcábamos. No colgábamos cuadros muy seguido, lo admito, pero los tres que poblaron las paredes eran hermosos. Ninguno era mío. Decidimos formalizar nuestro grupo de “escritores”. Lo llamamos Consejo Mundial de Promoción del Dialecto, por supuesto. En realidad no era tan Mundial, lo sé, éramos cinco. Necesitábamos que el nombre impresionara, especialmente si ansiábamos reestablecer el orden. No sería fácil, teniendo en cuenta que los números reinaban desde hacía décadas. Que todos estaban acostumbrados. Que ya nadie sabía escribir en letras curvilíneas. No podíamos aceptar que las tablas numéricas continuaran sometiendo el alfabeto.
No lo hicimos: practicamos por años, aprendiendo a dibujar los firuletes reglamentarios y puntitos accesorios. No estábamos del todo seguros que letra correspondía a cada número, no teníamos referencias, pero decidimos ordenar el alfabeto a nuestro gusto. Estoy seguro que nos acercamos bastante. Después de algunos debates, comenzó con las más bonitas: s, u, o, e, b; y terminó con las violentas: z, x, w, y, k. ¿En el medio? El resto. Los números podían acentuarse, así que aplicamos las mismas reglas a las letras. Los signos de puntuación fueron más complicados: sabíamos que había muchos, los reconocíamos, pero no sabíamos como utilizarlos. A falta de referencias, al igual que el orden del alfabeto, decidimos reglamentar las letras a gusto. Incluso inventamos algunos, como el puntoparéntesis o la interrogación y coma, que sentimos hacían falta en el sistema. Quedamos satisfechos: habíamos recuperado las letras perdidas. No festejamos demasiado: seguimos buscando futuros integrantes del Consejo.
¡Letras!, grité, mientras todos aún se cuestionaban por qué los habíamos reunido allí. ¡Letras!, repetí. Silencio. No entendían. Procedí a explicarles: los integrantes del Consejo Mundial de Promoción del Dialecto, nosotros cinco, los llamamos aquí porque entendemos estudian Números. Según fuentes confiables, varios diarios amarillentos de otra época, su carrera era antes llamada Letras. Sí. Estudiaban estos símbolos, hoy considerados jeroglíficos cursivos. Los analizaban, construían, derrumbaban. Embellecían. Como me imagino sabrán, ya no: el hoy respetado Consejo Mundial de Boicot al Dialecto fue quien se los expropió. Se los arrancó de los ojos, manos, y no hicieron nada para evitarlo. ¡Nada! Pueden redimirse. Los invitamos, alentamos, exigimos que se nos unan, que nos ayuden a derrocar a los números. ¿Qué dicen? Nadie respondió, excepto cinco numerados. No eran muchos, pero alcanzaban. Al menos en ese momento. Luego de enseñarles el orden correcto de las letras, normas de caligrafía adecuadas y reglas generales de construcción literal, fuimos diez. El Consejo Mundial de Promoción del Dialecto seguía sin ser Mundial, ni siquiera Local, pero habíamos avanzado.
Nuestras reuniones se tornaron interesantes. Comenzamos a producir más, mejores textos. Comenzaron, en realidad, porque yo dejé de intentarlo: era obvio que no tenía talento. Al no perder tiempo en la producción de intentos, pude concentrarme en comprender un poco mejor mis amados jeroglíficos cursivos. La biblioteca del Consejo creció. Bastante. Los nuevos miembros trajeron consigo no sólo libros de la ciencia oculta de la gramática, sino también uno de los responsables de mi actual formación académica. Era amarillo, con algunas estrellas esporádicas en la tapa. Además de tonto a la vista, era útil: tenía ejercicios. Con letras. Aunque estaban resueltos con crayones morados y manchados con temperas, no me importó. Logró enseñarme todo lo que no había podido inferir de los libros que habíamos rescatado. Por fin estábamos mejorando.
El Consejo continuó creciendo. Para mal. La gran cantidad de miembros que llegó a integrarlo desvirtuó mi idea original. Poco a poco, nos fuimos convirtiendo en una humilde escuela de letras y no en un Consejo Mundial, poderoso, capaz de derrocar a los números. No tardé en tomar las decisiones correctas: para evitar desviaciones, prohibí la enseñanza de idiomas, eché a los inútiles y establecí estrictas reglas de producción literaria. La cantidad de miembros se redujo a la mitad: a la mitad que valía la pena.
El resto abandonó el Consejo Mundial de Promoción del Dialecto pocos meses después. Argumentaron prepotencia, abuso del poder de mi parte. Exageraron. Pura envidia. Después de todo, sólo reescribí sus textos en base a mis conocimientos. Deberían haberme agradecido: sin mi no hubieran podido dibujar ni una simple S. No lo hicieron. Por su obstinación nunca llegamos a nada; por sus caprichos nunca cambiamos nada. Es su culpa que los números continúen reinando.
Nada funcionó. Ni funcionará. No me importa. Lo único que necesito es mi tragedia escrita con letras en un pedazo de cartón y un vaso de plástico para sus limosnas.