Recién escapados de diversas instituciones psiquiátricas, varios locos no tanto decidieron fundar su pueblo soñado. Lejos. Según sus cálculos, así podrían disfrutar de una tranquilidad antes inalcanzable. Por fin los locos serían los de afuera, pensaron, mientras se sacaban las lenguas mutuamente. Así fue. Locos no tanto de incontables loqueros, hospitales, internados y demás instituciones similares poblaron y se instalaron cómodamente en el nuevo paraíso a pocos meses de su inauguración.
No tardaron en organizarse: decidieron votar un consejo anual para debatir y resolver los principales problemas del pueblo. Los resultados de las elecciones fueron obvios, teniendo en cuenta que sólo un partido se presentó a votaciones. El de los locos no tanto, por supuesto. El primer problema del Consejo de locos no tanto fue el nombre del pueblo. Los debates no fueron acalorados, sobre todo porque la mayoría de los consejeros dormían en sus bancas. Por unanimidad, se decidió que el nuevo hogar de los locos no tanto se llamara NumeralAsteriscoSiete. Pegadizo, compuesto, abreviable: era perfecto.
Motivados por su éxito, los sectores extremistas prohibieron los giros. En su momento sonó un poco extraño, casi loco, pero existieron razones. ¿Lógicas? No tanto. Imponiendo caminatas en línea recta y construcción de casas unas al lado de otras, el Consejo de locos no tanto logró que nadie volviera a extraviarse. Ni esquinas ni curvas, dijeron, intentando no pestañear. Así fue. La consecuencia inesperada fue la abolición de la policía, cuyo trabajo de localizar calles y ayudar a personas perdidas no tuvo demasiado éxito en NumeralAstericoSiete. Con los sectores conservadores reducidos a escombros, continuaron dictando leyes para lo que llamaron “el bien de todos”. De un día para otro, las únicas mascotas aceptables fueron los tucanes. Ni gatos, ni perros, ni cotorras: tucanes. No pierden pelo, no ladran y son bonitos a la vista, explicaron, dibujando dados en las paredes. Todos compraron tucanes.
El paraíso lo fue sólo por algún tiempo. Cegado de poder, el Consejo de locos no tanto continuó promulgando leyes para el bienestar general. Entre comillas. Ejemplos: abolición de escaleras, culto al tomate, prohibición de saltos. La constitución de NumeralAsteriscoSiete engordó. Mucho. Ya no entraba en los cajones. La dividieron en tomos, pero tampoco. No hubo caso. A nadie le importó.
Lo peor estaba aún por llegar. De repente, sin previo aviso, se construyeron enormes edificios a los costados del pueblo. Las inscripciones doradas de sus entradas decían exactamente lo mismo: “Institución especializada, dedicada a aislar a aquellos que se muestren en contra de las normas de convivencia”. Eran grises, tristes, con ventanas cuadradas. Nadie se preocupó. No tardaron en llenarse. Cada extraviado, cada saltimbanqui, cada propietario de perro, gato o cotorra fue privado de su libertad sin derecho a juicio. La principal y única calle de NumeralAsteriscoSiete comenzó a flaquear.
Pronto no hubo más locos no tanto en NumeralAsteriscoSiete. Todos fueron encerrados, aislados, en diferentes tipos de cuartos acolchados. Lo más afortunados tuvieron los de colores; los menos, paredes de concreto. El Consejo fue disuelto por falta de integrantes. Nuevos habitantes poblaron la única calle del pueblo, trayendo perros y curvas consigo. Todos comenzaron a saltar, construir escaleras, comer tomates y cazar tucanes sin miedo a represalias. Ya no importaba, no había peligro: los locos estaban encerrados.
Ya estamos planeando escapar.