Satisfecho, sonriente, se lanza desde la altura necesaria para cumplir su objetivo. Su carta suicida cae en mis manos despreocupadas. Leo:
Sé que esta nota no llegará a ninguno de mis familiares, todos desconocen mi existencia o prefieren ignorarla. A quien esté leyendo estas líneas, sepa que haré todo lo posible para ahorrarle tiempo de lectura innecesario. Sólo necesito que al menos una persona comprenda y justifique la mueca que mi cara refleja en el pavimento.
Soy –era– de aquellos escritores que entran en la categoría de mediocres. Cientos de cuentos, poemas, ensayos y experimentos literarios; ni dos oraciones publicadas. Sé que mi historia es trillada. Seguro hará la operación lógica: escritor mediocre más libros fallidos igual cara contra el pavimento. Acertó, no lo niego. Pero la cuenta no explica la satisfacción de mi reflejo.
Si a sus ojos aún le interesan mis insípidas líneas, paso a explicarles. Harto de recibir rechazos de editoriales que ni siquiera leían mis intentos literarios, decidí no dejarles opción. Me propuse crear todos los cuentos posibles. Fue sencillo: evitando cada una de las palabras del relato anterior, pude escribir todas las historias que el lenguaje me permitió. En total, no fueron más de seis. Siete, si me permite agregar un diálogo entre un personaje y su perro donde simplemente se enumeran aquellas palabras incompatibles con contextos anteriores. Recopiladas, las seis –siete– historias no superan las cien páginas, pero contienen todas las palabras conocidas por los diccionarios publicados hasta la fecha.
Supongo, teniendo en cuenta la proximidad de mi cara con el pavimento, deducirá que, nuevamente, ninguna editorial aceptó mi propuesta. Falló. Recibí alabos de cada una de ellas. Tanto, que mis historias totalitarias ya están en proceso de impresión; tanto, que las librerías ya preparan un lugar no tan privilegiado en su sección de “Transgresiones literarias”.
Sé que nadie comprará mi intento de originalidad. Sé que a nadie le importará, que ningún crítico se molestará en calificar mi obra con el puntaje negativo que seguro merece. Aquí es donde entra usted. Si aún está leyendo mi carta despedida, no le importará que le pida un único favor. Justifique mi sonrisa: compre mi libro.
Gente extraña, pienso. Levanto la vista, una librería. Miro a los lados, cruzo la calle, llego: cerrada.