Camino, desacostumbrado, por partes de mi ciudad que creía olvidadas. Todo parece estar bañado en una capa de tenue color sepia, casi gris; todo parece inmerso en una siesta interminable. Siento casas desganadas, rendidas al peso del tiempo. Puertas que no hablan. Camino sin destino fijo, despacio, observando patrones irregulares en baldosas, grietas que se alimentan de paredes olvidadas y árboles que parecen morir en cada segundo. En sus cortezas descoloradas veo cientos de hormigas, apuradas, que desesperan por obtener un trozo del pronto arbusto. En una esquina, similar a las más de diez que pase minutos atrás, veo un bar. O un café, no estoy seguro. No desentona con el paisaje exterior: mesas, techo, piso y gente sepia. Me siento en la mesa que parece más privilegiada, dejo mi bolso y espero que me atienda el mozo petrificado en su butaca. Pasan diez minutos. Señas. Toma mi orden.
Nunca supe entretenerme de maneras innovadoras. Siempre me he valido de cuatro formas invariables, pero efectivas: rollitos y formas varias de papel, espirales de café, chasquidos entre falanges y conversaciones ajenas. Teniendo en cuenta mi locación, la falta de originalidad es justificable. Miro alrededor. De las siete mesas del bar -café-, sólo cuatro están ocupadas. No parecen muy interesantes; aun así, decido entretenerme.
En la primera, en realidad tercera, dos señoronas discuten temas que dudo valgan la pena. Escucho: El problema no es que pasen mucho tiempo juntos. Ni siquiera que se anden besuqueando por toda la casa. Ojo, me encanta que se amen. Pero… ¡la forma en que se aman! No puedo soportarlo. ¡Impúdicos! La señorona numero dos, con la misma cara de horror que la primera, responde: ¿Sabés qué pasa? ¿Sabés? La televisión, las revistas, esas cosas. Ven esas parejas telenovelescas, esos amores prefabricados y los imitan, viste, los imitan. ¿Sabés qué tenés que hacer? ¿Sabés? Enseñarle a ella, enseñarle cómo debe comportarse una señorita. Porque creeme: no lo es. No me sorprendería que se te apareciera con panza. Con la velocidad que caracteriza a las señoronas iracundas, la primera se levanta, toma su exagerado abrigo y, sin decir palabra, se retira. Apenas cruza la puerta, su compañera sonríe.
En la segunda, en realidad séptima, la secuencia se repite a la inversa. Dos muchachones, uno aparentemente más perturbado que otro, comparten medialunas. Hablan: Todavía no lo puedo creer. Me lo dijo así, de repente, en seco, sin emocionarse. ¿Qué carajo se supone que haga yo para mantener un pibe? ¿Trabajar? Ni loco. Ya sabés lo que pasó la última vez que traté: conocí a esa bruja que me encajo un pendejo. Otro no quiero. El muchachon menos perturbado responde: ¿Que querés que te diga? Vos te la buscaste; ahora aguantatela. Andá pensando cómo arreglártelas. Vos sabés como es esto: antes que nazca el pibe, vas a estar casado y con un rancho mediocre en el patio de los viejos. Uno llora; otro observa.
En la tercera, en realidad quinta, sucede algo extraño. Un hombre solo, bastante viejo, bastante gris, me mira. No lo disimula. Me estudia, investiga cada parte de mi cara, de mis ojos. Está atento a cualquiera de mis acciones. Y escribe. Toma su birome y escribe en un cuaderno verde, algo amarillento, de tapas duras, que parece lo acompaña hace ya varios años. Entiendo que es escritor; en esta parte olvidada de la ciudad suelen abundar los escritores (sobre todo los fallidos, que parecen ser mayoría). Me acerco, intrigado por su elección. Digo: ¿Por qué yo? A menos que posea una imaginación privilegiada, que su obvia profesión sin dudas requiere, me resulta difícil comprender porqué querría usarme como personaje en alguna de sus historias. Termina su sorbo de café y, cabizbajo, suspira. Responde: ¿Qué le hace pensar que todos los demás no están dentro de mi cuaderno?