Numerosos ejemplos ilustran, al menos de manera parcial, mi presente condición. En Francia, un hombre asegura vivir el mismo día una y otra vez. Vocifera, en una gran cantidad de esquinas parisinas, que desde hace más de veinte años su caprichoso calendario se niega a avanzar en la dirección adecuada. Una mujer china, en su cartón de limosnas, confiesa horrorizada despertarse cada día en el anterior; su problema más grande es, por supuesto, que todas las donaciones que recibe desaparecen misteriosamente al día siguiente. Más interesante aún, estudios recientes indican que los pocos habitantes de una pequeña tribu perdida supieron vivir día a día. Mi caso no es ninguno de los tres mencionados, lo admito, pero debo reconocer se acercan bastante.
No estoy del todo seguro por qué, cómo o cuando comenzó, mucho menos cómo detenerlo: lo cierto es que, por alguna razón, vivo sólo los días impares. Me acuesto, somnoliento, esperando despertarme un cuarto, sexto u octavo; me levanto, confundido, un quinto, séptimo o noveno. Más allá de las pocas y contadas ventajas de este modo de vida, como la infalible habilidad de eludir problemas ineludibles o de evitar personas inevitables, lo único que ha sabido traerme son complicaciones como esta. Cuando termine de comentárselas, espero que comprenda que no soy el que busca.
Mi experiencia personal me ha enseñado que los días impares son los peores: lluviosos, húmedos, molestos, llenos de mosquitos, humo y otras cosas que seguramente conoce; por alguna razón que desconozco y espero me aclare, los días pares son siempre los soleados, faltos de nubes y poseedores de brisas refrescantes. Vivir de esta forma debería ser excusa más que suficiente para la complicación en que me encuentro. Parece que no lo es. Verá, he estado lidiando con este tipo de problemas toda mi vida, problemas que ni siquiera puede comenzar a imaginar. Como mi intención no es aburrirlo ni evitar que me libere, sólo le comentaré los más destacables.
En la primera complicación que recuerdo tenía unos quince años: me levanté, como siempre, un día impar, aún sin comprender del todo mi condición. Me preparé y salí apurado, perseguido por las agujas de un reloj traicionero que me recordaba en cada movimiento que, una vez más, llegaría tarde al colegio. Cuando arribé, para mi sorpresa, nadie me regañó. Ni siquiera el portero, malvado personaje, se rió de mi usual desdicha. Peor aún: nadie me habló, nadie me prestó atención, ni siquiera se atrevieron a mirarme. No es que fuera una de las personas más populares, es verdad, pero mis compañeros solían al menos saludarme. Nada, ni uno. Comencé a desesperar, intenté llamar la atención: no fuese que mi condición se hubiera agravado hasta el punto de hacerme invisible. Para mi fortuna, el problema era otro. Por lo que pude averiguar durante el día, el anterior había aparecido en el colegio no sólo a tiempo, sino completamente desnudo (exceptuando, por supuesto, la corbata reglamentaria). En posteriores instituciones, donde creí mi nombre no iba a estar manchado por imágenes sin dudas embarazosas, surgieron problemas similares. No logré conservar ni un amigo de aquellos lugares.
Otras complicaciones memorables sucedieron en muchas de mis locaciones alternativas. Cansado y acostumbrado a miradas furtivas y recelosas, decidí que la mejor forma de evitarlas era alternar hogares cuando la situación lo requiriera. Funcionó bastante bien hasta que mi alter ego par decidió tomar acciones al respecto: de manera sistemática, procedió a incendiar todos y cado uno de los hogares alternativos en los que pretendí asentarme. De repente, además de despertarme en días impares, comencé a hacerlo en las calles, dolorido y lleno de hollín. Después de muchos edificios incinerados y, créame, cientos de problemas con la ley, por fin ambos pudimos llegar a un acuerdo: él dejaría de incendiar mis casas si yo dejaba de mudarme. Aunque, por supuesto, esto no me evitó muchísimos problemas posteriores con mi par, sí me permitió evitar futuras quemaduras. Más importante, me enseñó como comunicarme con él. No es tan increíble y emocionante como me imagino piensa, una simple hoja de papel escrita alcanza. Seguramente se le ocurran otros, ahórreselos: no pasa un día en que no me recomienden métodos fascinantes de comunicación para experimentar con mi par. Las cartas funcionan. Y punto.
Mis complicaciones no terminan allí, obviamente. Podría continuar, podría contarle cómo desperté en trenes, aviones y plazas, o de cuantos trabajos fui despedido al día impar siguiente, o cuántas mujeres me odiaron sin más razones que sus probablemente justificadas caras de horror. O cuántas veces tuve que contar esta misma historia frente a uniformes similares al suyo para que me liberen de calabozos igual de malolientes. Podría hablar por horas, podría aburrirlo con mis historias impares. Prefiero no hacerlo, prefiero que entienda, que lea esta nota de mi par y comprenda que no fui yo quien cometió el horrible crimen del que me acusa. Enciérreme, está bien, pero sólo los días pares.