Intentos literarios
 
Miasma

Recuerdo el horror, el olor de ese pueblo, ahora atrás, que me obligó a mudarme, a escaparme. En un principio no noté nada extraño: gente normal, calles normales, casas normales. Todo en orden. A los pocos días me sorprendió un olor desagradable, ácido, que me acompañó por horas. Empeoró, semanas después, hasta tornarse en un hedor insoportable: agrio, fétido, asqueroso, que envolvió mi casa hasta proclamársela suya.

Las primeras veces no fueron tan graves. Algunos inciensos encendidos y flores puestas, plantadas y olidas bastaban para camuflar el desagradable aroma que comenzaba a perturbarme. Pronto todo esfuerzo fue en vano: el hedor fue agravándose hasta el punto de provocarme nauseas y, muchas veces, la clase de trastornos estomacales que estas suelen conllevar. Intenté encontrar la razón por la que había aparecido en mi casa: busqué, asco mediante, los lugares en que más se concentraba. Examiné detenidamente el pequeño jardín, los cuartos, el techo e incluso casas vecinas sin saber realmente que hacer si encontraba la fuente de mi tormento. Días de búsqueda inútiles me obligaron a atribuir el hedor al pueblo mismo y no a mi casa y sus terrenos adyacentes.

Me encerré, intentando aislarme del hedor y de las horribles personas que habitaban ese asqueroso pueblo. Cerré, trabé y soldé todas las ventanas, puertas y aberturas que permitieran su paso. Compré, en unas pocas salidas al mercado, lo necesario para sobrevivir el tiempo que hiciera falta. Me atrincheré, convencido que no podría durar para siempre, que tarde o temprano el hedor cesaría, que alguna vez me dejaría tranquilo. No lo hizo. Se filtró por las ventanas, puertas y aberturas soldadas. Comenzó a devorarlo todo. Me permitió, al menos por un tiempo, refugiarme en un cuarto, el de servicio, que estaba bastante alejado del resto de la casa. Sobreviví así, solo, entreteniéndome con las herramientas de jardinería que me habían confiado los dueños anteriores. Pensé, repetidas veces, en usarlas para terminar mi suplicio, en afilar sus hojas con mis muñecas. Lo intenté, incluso, sólo para descubrir por que este tipo de herramientas no son populares entre la gran mayoría de los suicidas. Finalmente, él decidió que mi estadía no le era conveniente. No pude más que aceptar.

Decidir que lugar se transformaría en mi nuevo hogar no fue tarea fácil. No porque las ofertas fueran tentadoras, tampoco porque tuviera muchas opciones diferentes de las cuales elegir. Nada de eso. ¿Cómo saber donde mudarme si cada pueblo que visitaba parecía idéntico al anterior? Grises, detenidos en el tiempo, infestados de bicicletas y autos que deberían haber dejado de funcionar décadas atrás. Llenos de casas y personas viejas, derruidas, intentando sobrevivir a los recuerdos de sus antiguos habitantes. ¿Cómo elegir? ¿Cómo saber, realmente, si el nuevo no tendrá un hedor propio? ¿Cómo evitar su presencia?

La cara de la única moneda en mi bolsillo decidió que éste sería mi nuevo refugio. No traje nada conmigo: él no me lo permitió. No me importa, realmente. Todo lo que quería era escapar de ese hedor que se apoderó de mi casa, de mi vida. De él. Al menos no pudo impregnarme para siempre, pienso, acostado en el piso, rodeado por algunas paredes, sus pocos enchufes y los muebles que heredé por descarte de los dueños anteriores. Te gané, estúpido, no me alcanzaste. Acá no vas a poder entrar. Gané. Sonrío, un poco, antes de quedar dormido, antes de soñar con las nauseas que creía olvidadas.

Duermo tranquilo, algunos días, cada vez menos preocupado por los posibles olores del pueblo. Vivo tranquilo, sin mucho para hacer, sin demasiadas preocupaciones; después de todo, refugiarme de él ocupaba la gran mayoría de mi tiempo. Disfruto hasta que me invade otra vez: su mismo olor, su mismo hedor aparece en mi casa. En la nueva, en la que no podía aparecer. Lo hace, con la misma intensidad, igual de agrio, igual de repugnante. No puedo entenderlo. Se suponía que aquí estaría a salvo, que viviría tranquilo después de meses de tortura fétida. Que aquí él no llegaría. Supuse mal.

No esperé que el olor volviera a echarme. Me mudé, me escapé, apenas sentí su presencia, al pueblo que la moneda supo indicarme. De todas formas, conseguir un nuevo hogar nunca me ha sido difícil. Basta con mover los cuerpos de sus dueños anteriores a un lugar donde no estorben y hacerme cargo de las cosas que olviden llevar consigo.

 
Comments:
mire mire como lo releo con las correcciones nuevas =)

y me guuuuuuuussssta.
 
Me gustó. Mucho.
 
Hola Agus!
Nos vemos hoy, pero quería decirte que me gusta cómo quedó el formato, claro, claro. Ahora el título? Un poco raro, sobre todo por sonoridad.

Besos,
K

PD: no seas amargo, inscribíte en el foro.
 
el otro dia mi profesora leyo un cuento y decía que el lugar estaba lleno de mismas.. seguro fui la unica que entendió.

gracias (?)
 
yo ni siquiera entendi el comentario. y no sé por qué firmo, ni por qué estoy acá a esta hora. ah, hice una pequeña modificación en mi blog, así que espero comentarios. igual es muy pequeña y seguro que vas a seguir opinando lo mismo que antes. Y esto no se actualiza hace rato ya, qué onda? Podría estar Treponema Pallidum (que, por cierto, no sé si le pondría la nota al título. aunque no queda mal).
 
hey! me cambió de cuenta! qué onda? la firma de arriba debería estar firmada por ésta.
 




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Agustín Capeletto
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