No, no puedo empezar así mi cuento. No, mejor no. Mejor me olvido. Estoy harto. Las horas corren y nadie me explica que hago aquí, encerrado, en este cuarto blanco, rayado. No tiene sentido. El cuarto tampoco: no se asoman puertas, mucho menos ventanas. Ya busqué pasadizos secretos, huecos ocultos, rincones escondidos. Y nada. No hay nada.
No, no tiene ninguna lógica. ¿Cómo explicar como entré? Lo último que recuerdo es estar acostado en la cama de siempre, en el departamento de siempre. En el lleno de humedad, en el que comprendo, todos los días, que mi vida es un asco. Que no voy a ningún lado. ¿Llegué? Llámenme estúpido, pero estoy contento. Ahora puedo descansar, soñar, caminar, pensar, mirar un cuarto que no esta consumido por telarañas, por una humedad imperante. En uno donde nadie me mira, nadie me juzga, nadie pretende nada de mí. En uno blanco, un poco rayado.
No, no funciona, voy a darle algún sentí, creo, antes de aparecer en este blanco, un golpe fuerte. Me secuestraron. Eso, me secuestraron, pensando que era alguien, que les serviría de algo. Entraron, golpearon, ataron, amordazaron y encerraron. Estoy seguro. Qué ilusos. ¿No se dieron cuenta, por mi traje roto, por mi cara de idiota, por mis ojos cerrados? Menos mal. No pueden quitármelo, no les conviene liberarme, los entregaría. Sólo lo quiero para estar, para descansar, para ser. Nada más.
No, tengo que romperlo, tengo que quedarme en mi blanco. Tengo que resistirme, no puedo dejar que me lo quiten. Es mío, sólo mío. No le serviría a nadie más. Sin él no soy nada, no soy nadie, soy el mismo de antes, el que caminaba con los ojos cerrados esperando chocarse con alguien que le ayudara. O que al menos le hablara.
No, basta, olvídense de mí. Abandónenme aquí, encerrado, contento. Déjenme con mi blanco, con mi cuarto, conmigo. Fuera.
No, no pudieron quitármelo.