Intentos literarios
 
Treponema pallidum

Cierto inglés, de vuelta de su saladero vadeaba este pantano a la sazón, paso a paso en un caballo algo arisco, y sin duda iba tan absorto en sus cálculos que no oyó el tropel de jinetes ni la gritería sino cuando el toro arremetía al pantano. Azoróse de repente su caballo dando un brinco al sesgo y echó a correr dejando al pobre hombre hundido media vara en el fango.

No me sorprendió recibir un mensaje de mi abuelo, ahora difunto, solicitando mi presencia inmediata en su lecho de muerte. Sus años de promiscuidad finalmente habían dado frutos: una sífilis indetectada consumía su cuerpo y mente sin tregua. Imaginé, sonriente, que el viejo inglés querría verme para hacer oficial su testamento. No porque fuera su nieto favorito o hubiéramos compartido los mejores momentos de nuestras vidas juntos. Nada de eso: todos los demás estaban -y aún están- muertos.

Mi familia me había contado todo lo que necesitaba saber sobre él años atrás. Es un viejo amargado, horrible, asqueroso, solían decirme, visiblemente perturbados. Vino a estas tierras, me repetían, sólo después de haber sido perseguido por incontables fraudes en Inglaterra, fraudes que le permitieron iniciar su estafa saladera. ¡Embarazó a tu abuela y la abandonó a su suerte!, vociferaba mi padre, siempre que recordaba a su difunta madre.

Cada uno de ellos, al morir, me obligaba a prometerle que nunca me le acercaría, que nunca le hablaría, y, sobre todo, que nunca escucharía sus historias dementes. Los consejos eran más que entendibles, teniendo en cuenta las desgracias que el viejo inglés había sabido traer a nuestra familia. Emprendí mi viaje no como una oportunidad de aprovecharme de un viejo indefenso, sino como la venganza que la memoria de los extintos portadores de mi apellido me obligaba a cometer. Era la excusa perfecta.

Partí apenas horas después de recibir el mensaje. No quise perder tiempo: cada minuto que pasaba me alejaba de la fortuna de aquel viejo pervertido. El viaje era largo, considerando el deterioro que las sucesivas guerras que terminaron por derrocar a Rosas causaron en los caminos de ripio. No me importó: utilicé el viaje para comenzar a administrar el saladero y las tierras que, sin dudas, heredaría del viejo tacaño.

Llegué a los tres días, culpa de un carruaje defectuoso y un cochero de pocas luces. Afortunadamente, el inglés estaba consciente y, mejor aún, con vida. En frente de su cama sudada esperé que hablara de la tajada del tesoro que me pertenecía. No lo hizo. En lugar de eso, comenzó, con dificultad evidente, a contarme esta historia. No tuve otra opción que escuchar.

“¡Agua, agua en todas partes! ¡En las calles, en las casas, en todas partes! ¡La inundación lo había engullido todo! Y esos horribles federales, con sus divisas punzó, con su Restaurador de las leyes, con su falta de valores. ¡Cómo los odiaba! Tanto, tanto que no podía soportarlo. Tanto, tanto que decidí aparecer yo mismo en el matadero para hacerme cargo de la situación de una vez por todas. Las cosas no podían seguir así, no podían. ¡Escaseaba la carne y lo único que hacía la gente era rezar, suspirar plegarias, entregarse a su Dios! Fui, fui montado en mi caballo de esa época, bastante manso, al matadero, para enfrentar al Juez y exigirle que repartieran entre todos nosotros, los ingleses, que moríamos de hambre, los pocos pedazos de carne que tenían. Cabalgué, armado, decidido, enojado, dispuesto a todo, al matadero. Llegué, cansado por el viaje y la falta de montura, decidido a enseñarle a aquel Juez que a los ingleses, a los hijos de la nación más poderosa, se los debía tratar con respeto, y, sobre todo, con privilegios.

¡No me dejaron! ¡Los salvajes, los asquerosos, los horribles federales se interpusieron en mi camino justo antes de que pudiera pisar el infame matadero! Los muy sucios me emboscaron y me atacaron con lo único que tenían a mano: un animal horrible, creo que un toro, que arremetió contra mi caballo y me tiró al fango, ¡al horrible fango! ¡No sólo eso! ¡No se conformaron! Pasaron, pasaron jinetes endiablados que, estoy seguro, buscaban mi cabeza, pero que pude evitar por mi reconocida agilidad de combate. Se alejaron, por supuesto, una vez que vieron con quién estaban lidiando. ¡Escaparon, los muy cobardes, justo antes de que cobrara mi venganza! No pude más que quedarme ahí, solo, humillado, gritando para mí mismo: ¡Muera la Santa Federación, Mueran los Salvajes Federales!

Por eso es que te llamo, nieto, para contarte la verdad. Esa verdad humillante que guardé por veinte años y que ahora confío porque sé que me harás caso en lo que voy a pedirte. Te conozco, no lo pensarás dos veces. Es hora de que alguien me reemplace en mi función. ¡Sal, sal y mata a todos los federales que encuentres! ¡Ve, ve y asesina a cada idiota que vista de rojo! ¡Mutila cada divisa punzó! ¡Sólo eso te pide tu abuelo! ¿Qué esperas? ¡Toma esta arma! ¡No me falles!”.

Ni fortuna, ni saladero, ni tierras: lo único que heredé de aquel viejo asqueroso fue ese relato demente. Verifiqué la orden; tomé el arma, me aseguré de tener municiones suficientes y partí en búsqueda de blancos -rojos- adecuados.

 
Comments:
Hola Forke, soy Esther del Foro de escritores, me invitastes a tu blog, y agradecida por tu confianza ¡aquí estoy! Ya me he leído este último. ¿Están publicados por orden cronológico? Es para empezar por el primero y así ver tu evolución ¿Te hace?
 
Una pequeña colaboración. Los nombres científicos se escriben con mayúscula inicial el género (Treponema) y en minúsculas la especie (pallidum). Le daría un poco más de altura a tu escrito que, por lo corto, debe ser inmaculado.
 




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Agustín Capeletto
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Treponema pallidum


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